El azar, la contingencia y la voluntad

El filósofo chileno Juan Rivano reflexionaba una vez sobre el famoso cálculo en el uréter de Oliver Cromwell, un detalle que seguramente nadie consideró (ni el propio Cromwell) pensando en el ajedrez del poder en los tiempos que por entonces corrían en la Inglaterra del siglo XVII. Las grandes explicaciones históricas tienden a menospreciar tales detalles, seguramente porque la suma de todos los detalles no hace una buena explicación.

Como sea, las vidas de unos y otros están cruzadas de azares y contingencias que ni siquiera la más meticulosa de las obsesiones de control y predicción puede reducir de antemano. Así, los amantes de la cultura griega clásica nunca dejan de advertir que la grandeza de esa época nos influye desde entonces, no obstante que, se calcula, no nos ha llegado sino una proporción menor de las obras de los autores más apreciados y de otros cuyas obras ni siquiera se conoce como no sea por referencia. El profesor Stephen Greenblatt sostenía en 2011 que “de las 80 o 90 tragedias de Esquilo únicamente se han conservado 7, y de las casi 120 de Sófocles también han pervivido sólo otras 7; Eurípides y Aristófanes no han corrido mucha mejor suerte: del primero han llegado a nuestras manos 18 de sus 92 obras y del segundo, 11 de un total de 43”.

A una larguísima lista pueden agregarse los filósofos presocráticos, pensadores agudos como Protágoras o Gorgias, astrónomos como Aristarco de Samos, y un infinito etcétera. Las guerras, las invasiones, las inundaciones, los terremotos, el fanatismo de los grupos mesiánicos y fundamentalistas, la intolerancia a la diversidad, pueden contarse entre los factores específicos no previstos. Seguramente, y para no quedar a merced de tanto azar, una y otra vez en el pasado se tomaron medidas para impedir desastres aún mayores. La más trascendental de todas ellas es la instalación de bibliotecas. Alejandría, Constantinopla, Bagdad, Córdova, Toledo, cobijaron bibliotecas monumentales, así como en términos más humildes lo hicieron muchísimos monasterios de la Europa medieval. Pero, una y otra vez también, fueron destruidas o las carcomieron el polvo, la humedad o la lluvia inclemente y los jinetes furiosos en busca de nuevos territorios para arrasar y extender sus dominios.

De este modo, mientras algunos guardaban y atesoraban manuscritos y libros, otros los quemaban y los convertían en calor para las tropas sedientas. Por eso mismo es que resulta tan sorprendente que las ideas y los sentimientos de tantas mentes brillantes hayan podido sobrevivir a la suma total de tantas contingencias. A veces, describiendo trayectorias laterales. Los clásicos griegos y romanos llegan a la Europa medieval desde las bibliotecas árabes, que conservaron lo que el Cristianismo en ascenso no tenía la vocación para mantener. Así, del griego al árabe, del árabe al latín, se sembraron las semillas que condujeron, por ejemplo, al Renacimiento y desde entonces hasta nuestros días.

SEGÚN EL PROFESOR STEPHEN GREENBLATT: “DE LAS 80 O 90 TRAGEDIAS DE ESQUILO ÚNICAMENTE SE HAN CONSERVADO 7, Y DE LAS CASI 120 DE SÓFOCLES TAMBIÉN HAN PERVIVIDO SÓLO OTRAS 7; EURÍPIDES Y ARISTÓFANES NO HAN CORRIDO MUCHA MEJOR SUERTE: DEL PRIMERO HAN LLEGADO A NUESTRAS MANOS 18 DE SUS 92 OBRAS Y DEL SEGUNDO, 11 DE UN TOTAL DE 43”.

Esta oscilación entre perdurar y destruir continúa acompañándonos. En un conmovedor libro sobre los miles de poetas, intelectuales y cientí- ficos que durante siglos tradujeron a los autores clásicos para beneficio de la cultura árabe y luego de la cultura cristiana occidental, la medievalista cubana María Rosa Menocal (1953-2012) nos advierte sobre el exceso de confianza y optimismo que puede asaltarnos con frecuencia. En agosto de 1992, las fuerzas serbias en Sarajevo destruyeron la Biblioteca Nacional de la ciudad. Producto de un acto deliberado, desaparecieron alrededor de un millón de libros y cientos de miles de manuscritos que se conservaban allí. Unos meses después, en la misma Sarajevo, el mismo ejército de la hazaña anterior procedió a quemar el Instituto Oriental, acabando con varios miles de manuscritos islámicos y judíos. Sin duda, estas y otras huestes recientes comparten el mismo linaje maldito con aquellos mongoles que, en 1258, entraron a sangre y fuego en Bagdad, destruyeron la biblioteca de la Casa de la Sabiduría y masacraron a alrededor de un millón de personas.

No debiéramos nunca dejar de sorprendernos que, pese a todos los infortunios, podamos un día cualquiera recorrer con toda calma y admiración las páginas de un libro que fue concebido por una mente de la que nos separan varios miles de años. Resulta increíble que ese texto haya podido sortear tal cantidad de contingencias, haya podido sobrevivir a tantos azares y, todavía más, pueda llegar a ser de aquellos libros que en los momentos más oscuros son capaces de salvarnos la vida. Susan Sontag (1933-2004) pudo decir: “Cuando no puedo soportar el mundo, me acurruco con un libro y es como si una pequeña nave espacial me llevara lejos de todo”.


[Publicado originalmente en la revista La Panera]